lunes, 16 de febrero de 2009

Comienza mi primer auténtico día en Dunedin. Toca levantarse pronto porque me gustaría ver la competición de surf en la que participa Michael (y no Marco, gracias Ana por corregirme) y hay que salir de casa a las 7:30. Pienso "Guau, una competición de surf, esto va a ser increíble". Pero que sorpresa la mía cuando veo que el surf al que se refieren se realiza con una especie de piraguas (en las que se usa un remo) o con unas tablas parecidas a las de windsurf (en las que se rema a mano).
Aun así no pierdo la emoción.
La gente calentando, cada vez hay más tablas en la playa, algunos se ponen los trajes de neopreno (otros, bastante "machotes" sin duda, se atreven a meterse "a pelo" en unas aguas que fácilmente pueden estar por debajo de los 10 grados), cada equipo montando sus puestos... A las 8:30 es la primera carrera, de las chicas. Me explican que la mayoría de las pruebas consisten en hacer un recorrido de boyas saliendo siempre desde la orilla, y que para que la llegada sea válida es necesario cruzar la meta con la tabla en la mano. Hoy el mar está calmado, pero también me cuentan que cuando hay olas grandes estas competiciones son muy emocionantes.
Sin embargo, mi "hermano" Michael me dice que el no participa en las pruebas de agua; entonces, ¿qué es lo que haces? me pregunto. En seguida me aclara que hay otra prueba que consiste en correr, unos 80-100 metros, a lo largo de la playa. En ese mismo momento su madre me dice al oido: "Es que no se le dan muy bien los deportes en el agua, y prefiere no arriesgarse a perder", ¡qué listo! así cualquiera...
Hasta las 11:30 no tiene lugar la primera carrera de Michael, pero mientras tanto hemos visto como el club de St Clair (al que pertenece Michael) ganaba varías pruebas en el agua.
Dan la salida, Michael echa a correr, en seguida se pone primero, le veo muy relajado, incluso se atreve a girar la cabeza y a variar el ritmo con bastante frecuencia. Se ha esforzado lo justo para ganar. Después me dice que no quería gastar energía porque él ya sabía que iba a quedar primero y quería resevarse para la final, su siguiente prueba. Hasta que empieza pasa casi una hora, en la que aprovecho para hablar con Victoria (a diferencia de Michael, Victoria apenas me ha dirigido la palabra desde que llegué). Me cuenta que no le gusta el mar, hecho que me sorprende bastante, y que a ella le va el voleybol. Como veo que la conversación se hunde le pregunto el significado de algunas palabras, pero me responde sin más a mis cuestiones y la charla finaliza.
Como todavía quedan unos minutos, me acerco a un puesto con Paula y nos compramos una salchicha para matar el gusanillo. Con el aperitivo en la mano nos acercamos a ver la carrera. Me cuenta que el chico que está a la derecha de Michael es el que siempre le gana, esperemos que hoy no sea así. Algunos chicos cavan agujeros como en las antiguas pistas de atletismo de ceniza para impulsarse con más fuerza; al parecer esto va en serio.
"Preparados...listos...¡ya!" Empiezan a correr, Michael sale tercero, pero a mitad del recorrido se coloca segundo, mometo en el que pasa por delante de nosotros mientras le animamos. Ahora sí lo está dando todo, pero al parecer no es suficiente como para ganar a su archienemigo. Michael se tendrá que conformar con un segundo puesto.
Son las 12:45, depués de los relevos de 100 metros se dan por concluídas las pruebas de velocidad. Ahora quedan las pruebas más duras, pero también las que más me gustaron, en el agua. La primera de ellas, consiste en un recorrido de boyas a nado seguido por unos cien metros corriendo tras los cuales los participantes alcanzan su tabla y se lanzan de nuevo al agua con el mismo recorrido para, finalmente, atravesar la línea de meta en la orilla (tabla en mano).
Puesto que todas las categorías tienen que hacer esta prueba, pasa casi una hora y media. (Por cierto, olvidaba decir que hasta ahora todas la pruebas han sido o masculinas, o femeninas, pero no mixtas).
Y por último, la prueba final, una serie de relevos en los que participan todas las categorias de ambos sexos al mismo tiempo, donde cada una de las cuales desempeña un papel:
Los más pequeños tienen que hacer el tramo corriendo (éstos daran comienzo y fin a la carrera), los medianos se subirán a las tablas, y los mayores nadarán. Esta prueba es importantísima porque es la que más puntos da al ganador.
No recuerdo los resultados, pero puedo decir que St Clair no quedó entre los tres primeros.
A continuación hay que empezar a desmontar el campamento y prepararse para la entrega de medallas, que tendrá lugar en torno a las 15:30. Todos estamos agotados, y no sólo eso sino que algunos hasta nos hemos quemado porque pensábamos que el sol que brillaba tan intensamente en el cielo azul era de adorno.
En cuanto Michael recibe las medallas que le corresponden (en total tres por haber participado en dos carreras de relevos) Paula, que está muy cansada, decide que es hora de irse.

En cuanto llegamos a casa, Paula y Tory (abreviación de "Victory", y forma en la que la llaman sus amigos) deciden echarse una siesta y yo acompaño a Michael a comprar unas chuches.
Un poco más tarde, sobre las 17:00 me voy al supermercado con Paula. Tengo que reconocer que los supermercados son la cosa más universal que uno se puede encontrar en cualquier país, caracterizados siempre por la diversidad de colores en las estanterías y la mezcla de aromas en los pasillos. Tan sólo una cosa me llama la atención, y es que, a la hora de pagar, la dependienta introduce delicadamente las cosas en cada una de las bolsas (de esa forma desaparece el sentirnos bajo presión cuando la cajera nos lanza cinco objetos por segundo mientras que nosotros sólo somos capaces de meter uno en la bolsa... seguro que Ana se está acordando de sus amigas del Lidl)
Cuando llegamos a casa pasan algunos minutos de las seis, y Paula se pone a preparar el "tea time-dinner" como lo llama ella. Veo que, si no quiero cenar solo, tendré que acostumbrarme a cenar en el salón sentado en el sofá mientras vemos la tele, cosa que es incomodísima (la verdad es que hacen muy poca vida familiar, ninguna de las comidas la hace todos juntos y charlando. Sin duda alguna es algo que echo de menos...)
Un poco más tarde me voy a mi habitación y me pongo a escribir en el ordenador. En seguida noto como los párpados se me cierran sin que pueda evitarlo, me doy cuenta de que me estoy durmiendo a intervalos de un treinta segundos frente al ordenador. "Necesito un descanso" me digo. Me tumbo en la cama y cuando me despierto, ¡son las doce! Por supuesto todos están dormidos. Me pongo el pijama y me acuesto de nuevo, el "jetlug" me ha atrapado.

domingo, 15 de febrero de 2009

El viaje

Me encuentro en la terminal número 2 del aeropuerto de Frankfurt, frente a la puerta de embarque "E-5". En breve estaré cogiendo un vuelo que me llevará, después de varias escalas, a la otra punta del mundo. No puedo describir cómo me siento, tan sólo puedo decir que esta este momento no me había dado cuenta del cambio que iba a suponer este viaje en mi vida día a día. Lejos de mis "papis", mis hermanos, mis amigos, mi idioma, y lejos en definitiva de todo lo que conozco.
Tras quince minutos de retraso, empezamos a embarcar. Al sentarme siento que me invade una sensación de sueño instantaneamente, ni siquiera me despierto durante el despegue. Una hora después empiezan a servir la cena (a pesar de que sean las 00:45) y no sé por qué, me entra un hambre feroz. A continuación me quedo dormido mientras veo una película y no me despierto hasta la hora del desayuno, a tan sólo dos horas de mi llegada a Singapur.
Después de doce horas de vuelo lo que más me apetece es estirar las piernas. Salgo del avión y lo primero que hago es acercarme a una pantalla informativa para comprobar que mi vuelo de conexión con Sidney no tiene ningún problema. Y no, no lo tiene, pero lo que ocurre es que como mi vuelo desde Frankfurt iba retrasado (y no sé cómo, se ha retrasado más mientras volábamos) tan sólo tengo una hora "corta" de descanso, pero este tiempo se reduce bastante teniendo en cuenta que tengo que pasar de nuevo un control del equipaje de mano y de documentación, con lo que, finalmente, decido ir directamente a la puerta de embarque y esperar allí.

El vuelo a Sidney es mucho más corto, "sólo" siete horas. En el avión puedo sentir el ambiente australiano después de haber visto a varios ejemplares de Cocodrilo Dundee.
Afortunadamente, en el aeropuerto de Sidney tengo unas dos horas de descanso.
Después de haber visto todas las tiendas me pongo a leer un libro hasta que llega la hora de embarcar.




Mi próximo destino es Christchurch, Nueva Zelanda. Las vistas desde el avión son preciosas, pero como la suerte no está de mi lado, la ventanilla frente a la que estoy sentado da justo al ala.



Cuando aterrizamos me pongo en pie y al abrir el compartimento para sacar mis cosas cae una especie de bandolera que podría contener una cámara (parece que a pesar de haber oido mil veces el mensaje de "su equipaje puede haberse desplazado durante el aterrizaje" la gente lo coloca como le da la gana). El caso es que su propietario, que tiene una cara de zoquete que no puede con ella, se agacha a cogerla y me dice "Not a good idea"; pues entonces que me explique cómo narices iba a sacar mi maleta; me entran unas ganas de estrangularle con ese abrigo que se ha puesto en la cintura a modo de falda y que le da un aspecto de no saber atarse ni los cordones de las zapatillas.
Allí tengo que recoger el equipaje facturado porque lo tienen que someter a inspección para comprobar que no contenga nada que pueda alterar el ecosistema neozelandés.
La espera para el último vuelo a Dunedin se hace eterna, y para colmo el aeropuerto de Chirstchurch es bastante aburrido. Finalmente embarco en el avión, que por cierto, parece de juguete. Me vuelvo a dormir a pesar de que el asiento se empeña en que no lo consiga, y en cuanto despierto las ruedas del avión estan a punto de hacer contacto con el suelo para aterrizar.
Por fin estoy en "casa". En cuanto atravieso la puerta y llego a la zona de llegadas me encuentro con "mi familia", o al menos parte de ella: Paula y su hija Victoria. Recojo el equipaje y nos marchamos a casa. Allí conozco a Scott, marido de Paula, y a Marco, su segundo y último hijo. Además tienen perro (Rocko, nombre de un ex-jugador de los All Blacks) y gata.
De momento el "jetlag" no ha hecho su aparición, pero le estoy esperando.
Prácticamente después de llegar cenamos(son casi las ocho), mientras Paulas me explica el horario que tienen allí (normalmente cenan a las seis de la tarde... ¡¡¡Dios mío esto es peor que Alemania!!!)
A continuación Paula me lleva a dar una vuelta en coche por Dunedin, y a ver la playa de St Clair y St Kilda, con unas olas las dos que el simple hecho de verlas hace que a uno le entren ganas de tirarse al agua con una tabla bajo el brazo.
Ahora me toca deshacer la maleta, y luego, a la bendita camita.


El principio

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí “por placer”, casi un año, pero tengo que reconocer que lo he echado de menos.

Nunca olvidaré aquel día, en los inicios de cuarto de la ESO, en el que la profesora de lengua nos dijo que iba a ser obligatorio escribir unas veinte líneas diarias en el cuaderno de la asignatura. La sorpresa en clase fue brutal, y el rechazo aún mayor.

Sin embargo, con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que esa “escritura diaria” no sólo me permitía exponer mis opiniones sobre una gran variedad de temas, sino que además me ayudaba a conocerme. Los primeros días no sabía qué escribir, y de mi bolígrafo tan sólo salían un par de frases inconexas. Pero, a medida que practicaba, me fui dando cuenta de que en esa especie de diario podía reflexionar acerca de todas mis inquietudes y preguntas ante la vida, y podía, además, intentar hallar una respuesta. Se podría decir que fue entonces cuando nacieron en mí la curiosidad y la fascinación por el mundo. Quería encontrar una solución a todas las preguntas, quería saberlo todo: quién era yo, cuál era mi finalidad, qué había después de la muerte, qué es la vida…

Y a día de hoy no pasa ni un minuto sin que esos interrogantes continúen revoloteando en mi mente.

No recuerdo lo que ocurrió cuando acabé cuarto de la ESO como para que dejara de escribir a diario. Primero y segundo de bachillerato se caracterizaron por la falta de tiempo, por lo que las reflexiones fueron bastante esporádicas. No obstante, trataron temas mucho más profundos y abstractos.

Fue el año pasado, mientras cursaba segundo de bachillerato, cuando empecé a agobiarme por el hecho de que iba a morirme sin dar respuesta a todas esas preguntas existenciales. Es decir, la muerte se convirtió en una incógnita (porque deseaba saber a toda costa lo que había “detrás” de ella) y en una perseguidora (porque sabía que tarde o temprano me alcanzaría quitándome todas las oportunidades de seguir investigando)

Y puesto que todavía me persigue esa sensación de “no estar aprovechando el tiempo”, he decidido retomar la costumbre de escribir algo cada día. Quizás el principal motivo de esta decisión haya sido el hecho de que voy a estar seis meses bastante lejos de mi familia y mis amigos, por lo que pensé que la mejor forma de transmitir lo que sentía era ésta.

Dicho esto, tan sólo hace falta que no me rinda un par de días después de haber empezado.